GRUPO DE ORACIÓN MARIA AUXILIADORA

Parroquia San Juan Bosco

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Comunión Espiritual:

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La comunión espiritual consiste en un deseo intenso de que Jesucristo venga a nuestro corazón, y una petición fervorosa de que venga en verdad.

¿Cómo hacerla?

Primero pedirle perdón a Nuestro Señor por las ofensas que le hemos hecho. Luego suplicarle con viva fe y humildad que quiera venir a nuestra alma, a pesar de lo manchada e indigna que ella es. Decirle que necesitamos su visita porque somos débiles, llenos de flaqueza y miserias, y atacados por terribles enemigos espirituales. que se digne traernos sus ayudas y gracias espirituales y venir a fortalecernos en nuestras luchas.

No todas las veces le diremos todo esto, podemos decirle algo parecido o mejor. Pero lo esencial es que tengamos deseo de que Jesús venga a visitar nuestra alma y le roguemos en realidad que nos haga esa sagrada visita.

Ventajas:

Cuando necesitamos mortificar y vencer algunas de las pasiones o perversas tendencias que nos atacan o deseamos crecer en alguna virtud o cualidad que nos está haciendo falta, o si se nos presentan angustias, problemas o dificultades especiales, sirve muchísimo pedirle a Jesus que venga a nuestra alma.

Después de la Comunión Espiritual debemos darle gracias al buen Jesús por esa visita que tan generosamente nos hace. Él nunca llega con las manos vacías. Así que cada vez que nos visita, si encuentra en nosotros buenas disposiciones, alguna gracia o ayuda espiritual nos trae.

La Fórmula:

“Jesús mío, creo firmemente que estás en el Santísimo Sacramento del altar. Te adoro sobre todas las cosas. Te amo con todo mi corazón. Deseo que vengas a mi corazón, pero ya que no puedo recibirte ahora sacramentalmente, te pido que vengas espiritualmente a mi alma. (breve pausa) En este momento detengámonos algunos instantes para hacer actos de amor, confianza y pedirle alguna gracia que necesitemos.

Como si ya hubieras venido, te agradezco profundamente tu visita, y te suplico que no permitas que jamás me aparte de Ti. Ven, Señor, Jesús, Padre Eterno: te ofrezco la sangre preciosísima de Jesucristo en expiación de mis pecados y por las necesidades de la Santa Iglesia y a la conversión de los pecadores. Amén